Un muerto irreconocible

Anteayer me llamó una amiga compungida y rabiosa al mismo tiempo tras la muerte de su hermano. Con sesenta años recientes, sufrió un infarto y murió. Gabriela, que así se llama, se trasladó de Madrid a un pueblo de Extremadura en cuanto lo supo. En pocas horas, se presentó en su casa familiar y ya estaba todo dispuesto para la misa porque el seguro por fallecimiento se había encargado. Gabriela aguantando el tipo, intentaba serenar a su madre y se dispusieron a atender. El oficio iba transcurriendo y el sacerdote hablaba. Ella miraba a su alrededor buscando caras extrañas, pero, qué va, eran las caras de siempre. El discurso seguía, Gabriela escuchaba y por más que quería concentrarse, no encontraba parecido alguno con la vida, temperamento y huella de su hermano. Era el servicio religioso que iba incluido en el seguro que llevaban pagando toda la vida, de esos en los que te inscribían casi al nacer. Un número más. Me preguntaba ella entre llantos,” ¿Cómo pueden hacer eso sin siquiera preguntarnos? ¿Por qué no dejan a la familia decir unas palabras? ¿Por qué no podemos explicar que tenía un gusto estrafalario y que era puro algodón si le pedías ayuda, que sabía cantar y entender los limones como el primero?…No , lo que decía era sobre ovejas y rebaños ¡. Ni siquiera buscaron un texto en la Biblia en donde al escucharlo te pareciese que hablaban de él.” Me dijo Gabriela, que hace años, en su pueblo al menos, en la iglesia se permitía a los familiares decir unas palabras. Antes sí, la he dicho, ahora son muy pocas. Y los seguros de fallecimiento, como en este caso, no se han planteado ofrecer a la familia – que paga la cuota religiosamente aunque sea laica- una forma humana y personal de despedirles. Es más cómodo para las empresas de seguros, pero mucho más triste para las familias. Y decepcionante. Hay tecnología más que suficiente para dar esa opción a las personas más cercanas. Parece que todo pasa tan rápido, y la familia está tan afectada, que resulta imposible detenerse a pensar en el muerto. Y no tiene por qué ser así. Si las empresas funerarias facilitan la posibilidad de un entierro laico, en pocas horas, se puede escribir sobre la persona fallecida. No tienes que sentir que estas ante un muerto irreconocible.

 

Un muerto irreconocible   .

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